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Discursos de Bolívar


DISCURSOS DEL LIBERTADOR

Simón Bolívar 

 

 

          En la Asamblea Celebrada en Caracas [2 de enero 1814] Después de la lectura de los informes de los tres secretarios de Estado y del discurso del Gobernador político, doctor Cristóbal de Mendoza, El Libertador toma la palabra, y dijo: No he podido oír sin rubor, sin confusión, llamarme héroe y tributarme tantas alabanzas. Exponer mi vida por la patria, es un deber, que han llenado vuestros hermanos en el campo de batalla; sacrificar todo a la libertad, lo habéis hecho vosotros mismos, compatriotas generosos. Los sentimientos que elevan mi alma, exaltan también la vuestra. La providencia y no el heroísmo, han operado los prodigios que admiráis. Luego que la demencia o la cobardía os entregaran a los tiranos, traté de alejarme de este país desgraciado. Yo vi al al pérfido que os atraía a sus lazos, para dejaros prendidos en las cadenas. Fui testigo de los primeros sacrificios que dieron la alarma general. En mi indignación resolví perecer antes de despecho o de miseria en el último rincón del globo, que presenciar las violencias del déspota. Huí de la tiranía, no para salvar mi vida, ni esconderla en la oscuridad, sino para exponerla en el campo de batalla, en busca de la gloria y de la libertad. Cartagena, al abrigo de las banderas republicanas, fue elegida para mi asilo. Ese pueblo virtuoso defendía por las armas sus derechos contra un ejército opresor que había ya puesto el yugo a casi todo el estado. Algunos compatriotas nuestros y yo, llegamos en el momento del conflicto, y cuando ya las tropas españolas se acercaban a la capital y le intimidaron la rendición, los esfuerzos de los caraqueños contribuyeron poderosamente a arrojar a los enemigos de todos los puntos. La sed de los combates, el deseo de vindicar los ultrajes de mis compatriotas, me hicieron entonces alistar en aquellos ejércitos, que consiguieron las victorias señaladas. Nuevas expediciones se hicieron contra otras provincias. Ya en aquella época era yo en Cartagena coronel, inspector y consejero; y no obstante, pedí servicio en calidad de simple voluntario bajo las órdenes del coronel Labatut que marchaba contra Santa Marta. Yo desprecié los grados y distinciones. Aspiraba un destino más honroso: derramar mi sangre por la libertad de mi patria. Fue entonces que indignas rivalidades me redujeron a la alternativa más dura. Si obedecía las órdenes del jefe, no me hallaba en ninguna ocasión de combatir; y si seguía mi natural impulso, me lisonjeaba de tomar la fortaleza de Tenerife, una de las más inexpugnables que hay en la América meridional. Siendo vanas mis súplicas para obtener de aquél me confiase la dirección de esta empresa, elegí arrostrar todos los peligros y resultados, y emprendí el asalto del fuerte. Sus defensores le abandonaron a mis armas, que se apoderaron de él sin resistencia, cuando hubiera podido rechazar al mayor ejército. Cinco días marcados con victorias consecutivas, terminaron la guerra, y la provincia de Santa Marta fue ocupada después sin obstáculo alguno. Tan felices sucesos me hicieron obtener del Gobierno de la Nueva Granada el mando de una expedición contra la provincia de Cúcuta y Pamplona. Nada pudo allí detener el ímpetu de los soldados que mandaba. Vencieron y despedazaron a los enemigos en donde quiera que los encontraban, y esta provincia fue liberada. En medio de estos triunfos, ansiaba sólo por aquellos que debieran dar la libertad a Venezuela; constante mira de todos mis conatos. Las dificultades no podían aterrarme: la grandeza de la empresa excitaba mi ardor.  Las cadenas que arrastrabais, los ultrajes que recibíais, inflamaban más mi celo. Mis solicitudes al fin obtuvieron algunos soldados, y el permiso para poder hacer frente al poder de Monteverde. Marche entonces a la cabeza de ellos, y mis primeros pasos me hubieran desalentado, si yo no hubiese preferido vuestra salud a la mía. La deserción fue continua, y mis tropas habían quedado reducidas a muy corto número, cuando obtuve los primeros triunfos en territorio de Venezuela. Ejércitos grandes oprimían la República, y visteis, compatriotas, un puñado de soldados libertadores volar desde la Nueva Granada hasta esta capital venciéndolo todo, restituyendo a Mérida, Trujillo, Barinas y Caracas a su primera dignidad política. Esta capital no necesitó de nuestras armas para ser liberada. Su patriotismo sublime no había decaído en un año de cadenas y vejaciones. Las tropas españolas huyeron de un pueblo desarmado, cuyo valor temían, y cuya venganza merecían. Grande y noble en el seno mismo del oprobio, se ha cubierto de una mayor gloria en su nueva regeneración. Compatriotas: Vosotros me honráis con el ilustre título de Libertador. Los oficiales, los soldados del ejército, ved ahí los libertadores; ved ahí los que reclaman la gratitud nacional. Vosotros conocéis bien los autores de vuestra restauración: esos valerosos soldados, esos jefes impertérritos. El general Ribas, cuyo valor vivirá siempre en la memoria americana, junto con las jornadas gloriosas de Niquitao y Barquisimeto. El gran Girardot, joven héroe que hizo aciaga con su pérdida la victoria de Bárbula; el mayor general Urdaneta, el más constante y sereno oficial del ejército. El intrépido DŽElhuyar, vencedor de Monteverde en Las Trincheras. El bravo comandante Campo Elías, pacificador del Tuy y libertador de Calabozo. El bizarro coronel Villapol que desriscado en Vigirima, contuso y desfallecido, no perdió nada de su valor que tanto contribuyó a la victoria de Araure. El coronel Palacios, que en una larga serie de encuentros terribles, soldado esforzado y jefe sereno, ha defendido con firme carácter la libertad de su patria. El mayor Manrique, que dejando sus soldados tendidos en el campo, se abrió paso por las filas enemigas, con sólo sus oficiales Planes, Monagas, Canelón, Luque, Fernández, Buroz, y pocos más, cuyos nombres no tengo presentes, y cuyo ímpetu y arrojo publican Niquitao, Barquisimeto, Bárbula, Las Trincheras y Araure. Compatriotas: Yo no he venido a oprimiros con mis armas vencedoras. He venido a traeros el imperio de las leyes; he venido con el designio de conservaros vuestros sagrados derechos. No es un despotismo militar lo que puede hacer la felicidad de un pueblo, ni el mando que obtengo puede convenir jamás, sino temporariamente, a la República. Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a la patria. No es árbitro de las leyes ni del gobierno; es defensor de su libertad. Sus glorias deben confundirse con los de la República; y su ambición debe quedar satisfecha al hacer la felicidad del país. He defendido vigorosamente vuestros intereses en el campo del honor, y os prometo que los sostendré hasta el último período de mi vida. Vuestra dignidad, vuestras glorias serán siempre caras a mi corazón; más el peso de la autoridad me agobia. Yo os suplico que me eximáis de una carga superior a mis fuerzas. Elegid vuestros representantes, vuestros magistrados, un gobierno justo; y contad con que las armas que han salvado la República, protegerán siempre la libertad y la gloria de Venezuela. El libertador conviene en conservar el mando Los oradores han hablado por el pueblo; el ciudadano Alzuru ha hablado por mí. Sus sentimientos deben elevar todas las almas republicanas. Ciudadanos: En vano os esforzáis porque continúe ilimitadamente en el ejercicio de la autoridad que poseo. Las asambleas populares no pueden reunirse en toda Venezuela sin peligro. Lo conozco, compatriotas, y yo me someteré a mi pesar, a recibir la ley que las circunstancias me dictan, siendo solamente hasta que cese este peligro, el depositario de la autoridad suprema. Pero más allá, ningún ser humano hará que yo empuñe el cetro despótico que la necesidad pone ahora en mis manos. Os prometo no oprimiros con él; y también, que pasará a vuestros representantes en el momento que pueda convocarlos. No usurparé una autoridad que no me toca; yo os declaro, pueblos, que ninguno puede poseer vuestra soberanía, sino violenta e ilegítimamente. Huid del país en donde uno ejerza todos los poderes: es un país de esclavos. Vosotros me tituláis El Libertador de la República, yo no seré nunca el opresor. Mis sentimientos han estado en la más terrible lucha con mi autoridad. Compatriotas: Creedme, que este sacrificio me es más doloroso que la pérdida de la vida. Confieso que ansío impacientemente por el momento de renunciar a la autoridad. Entonces espero que me eximáis de todo, excepto de combatir por vosotros. Para el supremo poder hay ilustres ciudadanos, que más que yo merecen vuestros sufragios. El general Mariño, libertador de Oriente; ved ahí un bien digno jefe para dirigir vuestros destinos. Compatriotas: He echo todo por la gloria de la patria. Permitid que haga algo por la mía. No abandonaré, sin embargo, el timón del Estado, sino cuando la paz reine en la República. Os suplico no creáis que mi moderación es para alucinaros, y para llegar por este medio a la tiranía. Mis protestas, os juro, son las más sinceras. Yo no soy como Sila, que cubrió de luto y sangre a su patria, pero quiero imitar al dictador de Roma en el desprendimiento conque abdicando el supremo poder, volvió a la vida privada, y se sometió en todo al reino de las leyes. No soy como Pisístrato. que con finas supercherías pretende arrancar vuestros sufragios afectando una pérfida moderación, indigna de un republicano; y más indigna aún de un defensor de la patria. Soy un simple ciudadano que prefiero siempre la libertad, la gloria y la dicha de mis ciudadanos, a mi propio engrandecimiento. Aceptad, pues, las más expresiones de mi gratitud, por la espontánea aclamación que habéis hecho titulándome vuestro dictador, protestándoos al separarme de vosotros, que la voluntad general del pueblo será para mí, siempre la suprema ley; y que ella será mi guía en el curso de mi conducta, como el objeto de mis conatos será vuestra gloria y vuestra libertad. (Gazeta de Caracas, número 29 del 3 de enero de 1814) Compilado por J. W. de W. de: Publicaciones de la Presidencia de la República de Venezuela, "Las Fuerzas armadas de Venezuela en el Siglo XIX", tomo 2, [1810-1830], de la Primera República al Congreso de Angostura, Caracas 1963. © Copyright Johannes W. de Wekker abril, 2003

 


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Ha llegado la hora de los pueblos y ha comenzado a sonar en todos los relojes: la hora de fundirnos en una verdadera hermandad continental, para honrar de forma activa, en esta Era Bicentenaria, el legado de dignidad plena de nuestras libertadoras y libertadores.
He allí nuestro desafío histórico: no sólo ser sus herederos y herederas, sino sus continuadores y continuadoras.


Uh! Ah! Chávez no se va. La Enmienda Va ,15 de febrero 2009

 
Simón Bolívar  
  Díos Concede la victoria a la constancia.

Él que persevera vence.

Moral y Luces son nuestras primeras necesidades.

La Moral es la base de la disciplina del hombre


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